jueves, 14 de marzo de 2013

Semiótica de la imagen o cómo encontrarle los tres pies al gato


La mañana de hoy me encontré en La Nación con un escrito Jaques Sagot en la página quince, en el cual él realiza una disección del anuncio que ilustra este post. 

Una lectura y análisis:

A. Incompleta por cierto, pues se focaliza en tan solo pocos de los elementos de la pieza (sin considerar el entorno comunicativo total, incluidos los elementos distorsionantes que aportan stops, mufla, placa, etc.).

B. Con muchas inexactitudes, que probablemente se deben a la imprecisión de su recuerdo. (Ella abrazada a él, él lleva la camisa abierta, la mujer va abrazada –por poco colgada-, Las nalgas de ella son el punto de fuga. ¿y el stop central no es el punto de fuga?). Le recomiendo que a la próxima trate de conseguir una foto, para que pueda realizar una lectura objetiva de lo analizado. Dice que el blue jeans se llama “alza colas”, cuando su nombre es +Unser.

C. Con una prosa barroca, nauseabunda (Túrgidas, planetarias, tectónicas,ostentosa, excéntrica, no concéntrica, mandrágora, simbiótica, parasitismo, inquilinismo, pigofilia, himaláyicos, Valhala, proto-hombres, egregia, adiposidades , hiato, beatífica, empírea, loores ) y para colmo de males, con un uso inapropiado del lenguaje comunicativo (habla de un primerísimo primer plano del trasero de la dama). 

D. Él Pretende afirmar, sin una investigación que lo compruebe, que los costarricenses somos pigofílicos y dice. "prove me wrong: demuéstrenme lo contrario", como si en su texto hubiese aportado prueba alguna.

E. No entiendo por qué le encanta regocigarse con el uso despectivo de la vulva femenina, a la cual el se refiere con estas palabras: "cabra, cabrilla, mulón, yegua, tarántula, terciopelo, bicho, perra, zorra, sapo, chucheca, barracuda, loba o gata", que nadie usa y que solo existen en su mente retorcida.

[Tiene una fijación perversa por las nalguitas. ¿No se acuerdan de su artículo las Nalguitas de Shakira?]

F. Sagot también pretende hacernos creer que los públicos somos masas estúpidas, sin la capacidad de razonar o decidir lo que deben o no deben. Tiene la idea equivocada de la publicidad como un ente maligno, demoníaco, que tiene el poder de mover nuestra voluntad de acción en el consumo de bienes o servicios, como una veleta. Ya quisieran los anunciantes que fuera de esta manera. Una visión Pavloviana. 

G. Desconoce por completo la anatomía humana: "que proclamen la parte más noble y egregia de su anatomía: las adiposidades que rodean ese hiato anatómico que hace las veces de conducto defecatorio llamado ano."

I. Si bien es cierto, conoce las figuras literarias: sineqdoque. Esa no es la manera, en que se usa en el análisis semiótico. En primer lugar, se aplica a toda la pieza comunicativa. Por ejemplo, cuando vemos la estrella de un Mercedes Benz, pero no todo el auto. Para poder aplicarla en este caso, específicamente, tendría que haber sido una foto de todo el trasero de la dama, nada más y únicamente de todo el trasero.

I. Finalmente, pretende dar una lección ética a los publicistas: "¿se han puesto ustedes a pensar en la finalidad secundaria? [¿secundaria?] ¿En el propósito del propósito? ¿En la consecuencia última? ¿En la suma de antivalores que su imagen promueve? ¿En el modelo de hombre y de mujer que postula y propone para emulación del mundo? Pues piénsenlo, piénsenlo. Para mí, esto lesiona la humanidad, sí: un crimen de lesa humanidad. Debería ser penado, sancionado por la ley."

[Me resulta curiosa su visión impositiva de lo ético y moral, demasiado Stalinista e inquisidora para mi gusto]

No voy a seguir, pues la verdad, le estoy dando demasiada importancia a esta crítica, que solo he revisado de manera superficial, no con el rigor que debería desde el plano de las ciencias sociales.

Sería interesante que un antropólogo o un sicólogo realizara un análisis del análisis para comprender con precisión las innumerables distorsiones mentales que tienen Sagot dentro de su cerebro. Me preocupa la subjetividad de su análisis, su enfoque centrado en un elemento del anuncio. Creo que él ve lo que quiere con unos lentes distorsionados.

Considerando las incontables errores análiticos, yo lo invito que se dedique a la lectura de textos de análisis semiótico; si quiere ir más a fondo, a la semiótica antropológica; si no, pues que se concentre en la interpretación del piano o que dedique sus energías a encontrarle los tres pies al felino de sus ideas.

P.D. No defiendo el anuncio, lo que sí me interesa destacar es la falta de rigurosidad científica del análisis realizado por Sagot. Lo escrito entre corchetes fue agregado el 15 de Mar.

El texto en http://www.nacion.com/2013-03-14/Opinion/Semiosis-de-la-imagen.aspx

San José, Costa Rica. Superficie posterior de un autobús. Voy en carro, justo detrás del vehículo. El anuncio ocupa un área aproximada de un metro y medio cuadrado. Descomunal. Me aplasta, me avasalla. Para cualquiera que vaya a la zaga del autobús, la visión se torna impositiva, totalitaria, no hay forma de escapar a ella. Además, con el vaivén del bus, nos produce la ilusión de dinamismo, de estar animada de vida, de movimiento, como si de un cinematógrafo se tratase.

La imagen es muy simple. Un anuncio de blue jeans. Una pareja de jóvenes, ella abrazada a él. Lo que salta a la vista –más aún, que nos quema las pupilas y horada nuestra conciencia– son las nalgas de la muchacha. En primer -¡primerísimo!- plano. Túrgidas, planetarias, tectónicas, hechas para jalar cualquier ojo masculino. Todo lo demás queda en segundo plano. No es una muchacha con bonitas nalgas: son dos nalgas de las que va adherida una muchacha.

No hay intimidad entre la pareja. No se miran el uno al otro, no comparten nada, no tienen un universo común. Ambos le sonríen al mundo. Nos “sacan los ojos” con su bienaventuranza, nos dicen: “¡Miren qué felices somos! ¿No les gustaría ser como nosotros?”. Felicidad, así pues, ostentosa, excéntrica, no concéntrica: todo hacia afuera, hacia adentro nada.

La mujer va abrazada –por poco colgada– al macho. Como una mandrágora, como un helecho sobre un recio árbol: el tipo de relación simbiótica que podríamos describir como parasitismo, o inquilinismo. Él tiene existencia autónoma: ella no vive sino en él, por él y desde él.

Él es guapetón, lleva la camisa abierta, el pecho depilado, cuadritos, el tórax cual basáltico farallón, pelo picudo (eréctil, agresivo, fálico). Nos mira de frente. Ella, por el contrario, está de espaldas, nos mira hacia atrás, ofreciéndonos, primariamente, su trasero. Como sabemos, todo animal, todo ser humano es más vulnerable por la espalda que cuando es encarado de frente. Así pues, mujer vulnerabilizada, hombre en posición de defensa.
Nos proponen un modelo de vida. “¡Sea como nosotros!”, es lo que sus sonrisas parecen decirnos. Orgullosa la de él, pasivamente satisfecha la de ella: la hembra segura en brazos del macho alfa. Pero, de nuevo, no se miran: nos interpelan, viven “para nosotros”, no percibimos entre ellos nada que se asemeje a la ternura.
Las nalgas de ella son el punto de fuga y el eje de la composición. Hay un nombre para la patología sexual consistente en ser incapaz de excitación si no es a través de la visión o estimulación de las nalgas: se llama pigofilia. Forma parte de la adorable y variopinta variedad de las parafilias; esto es, anomalías en las cuales la cópula es irrealizable sin el aderezo de ciertos fetichismos y fijaciones más o menos retorcidos. Costa Rica es un país de pigófilos y de pigófilas. Pasamos por el mundo viendo nalgas. Tal dictamen puede no sonar muy bonito, pero es la verdad. A ver, amigos, amigas, como dirían los gringuitos: prove mewrong: demuéstrenme lo contrario. El imperio de las nalgas. En eso no diferimos de los mandriles o los babuinos de Borneo, que exhiben sus nalgas –hinchadas, turgentes, rojizas– cada vez que se excitan.

Los blue jeans se llaman “alza colas”. Un zoomorfismo: solo los animales tienen colas o rabos. Asimilar al ser humano a la bestia. Como cuando, para referirnos a una mujer –o a su vulva–, la llamamos cabra, cabrilla, mulón, yegua, tarántula, terciopelo, bicho, perra, zorra, sapo, chucheca, barracuda, loba o gata. Isomorfismo mujer-animal.

¿A quién va dirigido el anuncio? Como señalamos, lo primero que captura nuestra atención son los glúteos himaláyicos de la muchacha, por supuesto. Así que los hombres serán los primeros en ver el anuncio. Pero, en última instancia, la usuaria de la prenda va a ser la mujer. Porque lo que el anuncio nos dice es lo siguiente: “Si usted quiere que la quieran –que la abracen y sostengan así– tiene que tener un par de nalgas de este calado. Y para ello tiene que usar este tipo de pantalón”. Y por complacer a su varón, la mujer correrá comprarse el blue jeans, o a inflarse las nalgas con toda suerte de emplastos sintéticos. Condición para la felicidad: tenga buenas nalgas. La pigofiliocracia. El mensaje para el hombre –que también viste blue jeans, pero no está en posición vulnerable– es: “Si usted quiere una nena así, use blue jeans, y exíjale a ella ponérselos también”. Es una estructura de poder: ¿aspira usted, amiga, a tener a un hombre de estas características, poder colgársele del cuello de esa manera, sentirse segura, corroborada en su ser? ¡Pues desarrolle sus nalgas y exhíbalas en majestuoso altorrelieve con blue jeans “alza colas”!

Mandatos, mandatos y más mandatos. Y nosotros, por supuesto, corremos a acatarlos, dóciles y aquiescentes. “Este es el tipo de mujer que usted necesita, este es el tipo de hombre que usted necesita”, por decreto del Mundo. ¿Cómo entrar en el Valhala, cómo pertenecer a esta raza de proto-hombres y proto-mujeres? ¡Pues usando blue jeans que proclamen la parte más noble y egregia de su anatomía: las adiposidades que rodean ese hiato anatómico que hace las veces de conducto defecatorio llamado ano!

He ahí la visión beatífica, empírea, de felicidad erótica que nos propone el anuncio en cuestión. ¿El autobús? No logré determinar a qué ruta pertenecía. Tuve que seguirlo desde el parque Morazán hasta Tibás, eso es todo cuanto sé. Ahí lo verán ustedes, y ya me dirán qué impresiones les suscita la imagen. Apoteosis del trasero femenino en el trasero de un bus. No solo es mujer-animal: es mujer-máquina.

No dudo que el anuncio sea eficaz en términos publicitarios. Felicito a quienes lo concibieron. Sin duda, contribuirá a la filantrópica gestión consistente en que alguien se haga rico vendiendo blue jeans que cantarán los loores del nalgatorio femenino. Así que la finalidad inmediata se logró. Pero, señores publicistas, ¿se han puesto ustedes a pensar en la finalidad secundaria? ¿En el propósito del propósito? ¿En la consecuencia última? ¿En la suma de antivalores que su imagen promueve? ¿En el modelo de hombre y de mujer que postula y propone para emulación del mundo? Pues piénsenlo, piénsenlo. Para mí, esto lesiona la humanidad, sí: un crimen de lesa humanidad. Debería ser penado, sancionado por la ley. Porque genera infelicidad, embrutecimiento, frustración, agresión, porque hace de nosotros una sinécdoque ambulante (sinécdoque es la figura literaria que consiste en designar el todo por la parte: pars pro toto: por ejemplo, cuando decimos “mire que buen trasero viene ahí”, para aludir a una mujer).

Fragmentación del cuerpo, desmembramiento, desintegración del principio de unidad ontológica. Somos nuestras nalgas: he ahí lo que postula la imagen que he analizado.

Ahí tienen, la cultura que hemos creado. Nuestra segunda naturaleza. El infierno que nos hemos inventado. Nos restan ahora dos opciones: habitarlo plácidamente, o intentar transformarlo. Yo voy por lo segundo.

2 comentarios:

  1. Maestro... para que más si es bastante!.... Gracias por la agudeza de tu mirada.

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  2. Ojala y este comentario saliera como un "disclaimer" en La Nacion cada vez que el Sr. Embajador de la Cultura de Costa Rica escribe algo.
    En las historietas de Asterix, se hace una introduccion de cada personaje y cuando le toca el turno al bardo, se dice que las opiniones sobre el estan divididas, el cree que es genial y todos los demas opinan lo contrario. Bueno, El Sr. Sagot es como el bardo de Asterix.

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